Joker: esquirlas en el aire

November 17, 2019

 

La última película de Todd Philips logró sacar del pantano al universo cinematográfico de DC Comics, pero nos metió a todos los espectadores en otro barro difícil de encarar, pero necesario: pensar la sociedad en la que vivimos, los espacios que integramos y como sentirse humano en un mundo que tiende cada vez más a su tecnificación e “inteligentización”, una palabra inventada adrede, ya que parece que en los primeros años del Siglo XXI no queda otra que inventar sin ninguna base histórico-político-cultural, sanatear, ayudar al diablo a que no solo ponga la cola, sino todo el cuerpo. Se trata entonces de dejar el pasado atrás y arrancar de cero, ¿no?, así tengamos que llevarnos por delante el lenguaje, deconstrucción necesaria a pedido de vaya a saber quién. Podemos vivir sociedades desiguales, basadas en la explotación del capitalismo financiero en su etapa delirante y fundamentalista, pero el lenguaje debe ser inclusivo.

 

Es que si de algo ya estamos saturados en estos primeros años del nuevo siglo es de la hilacha que muestra la progresía y su manto de corrección política que amenaza con volver inertes las luchas populares, las reflexiones críticas y todo pensamiento que no se estructure en categorías posmodernas que, seguramente, se escuchó en alguna cátedra universitaria o en algún libro de moda, best seller causista, orgasmos de un par de semanas. Época de causismos blancos: hoy es la preservación del yaguarete mimoso, mañana será la de los colorados discriminados en una publicidad, pasado mañana el día de la marmota, y así hasta el fin de los tiempos.

 

Vamos saltando de coyuntura en coyuntura, respetando la agenda de los grupos financieros de poder que nos ponen a discutir reivindicaciones burguesas en el marco de la destrucción neoliberal y a dividirnos en fans, en pro o en antis. Todo propiciado por los multimedios de comunicación privada. Faltaría que cada sector se juntara en un estadio de fútbol y se puteen como en la hinchada, y todo se retransmita en los instagram live, con etiquetas precisas de cada avatar y un buen filtro. Porque si hay algo que en el 2019 hemos aprendido es que una persona puede ser muchas. ¿Acaso no era eso lo que querían, muchas posibilidades dentro del sistema capitalista? Ahí las tienen. Pero no todo es tan malo, después de todo. Capaz sirve para que en las inmediaciones de la cancha se mueva un poco el mercado interno, puestos que vendan choripanes (si es que no se ofende algún vegano y quiera cerrarlo con algún escrache); venta de pañuelos de uno y otro bando (si es que no se ofende alguno de los dos sectores). Así las cosas en Ciudad Gótica. Digo, en Argentina.

 

Porque después de todo, el secreto estaba en saber venderse. Claro, el progresismo blanco, antireligioso, individualista y cínico no hace más que saltar como los sapos, en una dirección y en otra, pero nunca aciertan a caer (o no quieren) en el islote peronista. Ellos nos dirán “al menos nosotros no nos comemos sapos”, desde un aire de superioridad moral. Lo que no saben que ellos son los sapos que nosotros (los que si queremos construir un Estado Justo, Libre y Soberano para la liberación nacional y la felicidad del Pueblo) nos tenemos que “comer” -bancar, en otras palabras- para poder construir ese horizonte de posibilidad que abra una nueva etapa en Argentina y en América Latina. Porque si de algo no tenemos dudas, es que han conseguido penetrar las ideas del progresismo y de la derecha en el medio de nuestro pueblo. Ambas expresiones son idiotas en el sentido griego de la palabra, es decir, “incapaces de compartir en comunidad”, por ende, son salidas falsas para las grande mayorías populares y democráticas. Quizás, y aquí abonaremos siempre por esa construcción, necesitemos una Tercera Posición que represente fielmente los anhelos de nuestra Patria Grande Latinoamericana. Creo recordar que existe un movimiento capaz de hacerlo.

 

Pero volvamos por un momento al tema que hoy nos congrega, que es la película Joker, con la imponente actuación de Joaquin Phoenix. Cuenta la historia de Arthur Fleck y como este desemboca en la locura, convirtiéndose en el Joker, aunque solo veamos un poco del personaje en los veinte o treinta minutos finales. El director fue muy claro en lo que quiso decir, así que no nos vamos a detener en explicar o hacer un análisis del guión (que es muy sólido, a mí parecer), sino que prefiero enfocarme en pensar como los crímenes del Joker van a ser constitutivos para el personaje.

 

Arthur Fleck es un marginado de la sociedad que vive con su madre enferma; tiene que rebuscársela trabajando por unos mangos como payaso pese a tener un cuadro psiquiátrico complicado; con el peso de no saber quien fue su padre; de sufrir violencia en la calle; de las burlas de sus compañeros de trabajo; pero con una única pasión en su vida: ser un comediante. En ese descenso al infierno del personaje y su confirmación como Joker (¿es el mismo Joker de Batman o es un poco light?), nos encontraremos que las muertes que provoca conformaran su personalidad maligna: primero, asesinando a los tres brokers de la Wayne Company; luego, asfixiando a su propia madre al enterarse que su padrastro lo había violado de chico; más tarde cuando mata a sangre fría (o caliente, nunca supe si estaba bien usar lo de “fría”) a su ex-compañero que lo maltrataba y lo dejó sin trabajo; llegando al punto máximo cuando acribilla a balazos al presentador del programa de entretenimiento (esos late night yankis) que personifica el gran Robert De Niro. Me olvidé de decir que contenía spoilers. Sepan disculpar.

 

 

Con el breve pero ilustrativo paso de De Niro por la película, me lleva a pensar que la televisión te mata dos veces: primero (si no te puede adoctrinar en la firme idea de defender los intereses oligárquicos de una clase parasitaria) te trata de loco y marginal, justificando tu miseria y desgracia. Montará para eso todo un despliegue comunicacional que incluye transmisión ininterrumpida en el que te vas a levantar con las noticias que a esa clase solo le interesa que sepas e interpretes a su modo, habrá columnistas, opinadores, propaganda, operaciones políticas para desprestigiar partidos políticos o referentes populares; te vas a ir almorzar con más noticias y programas especializados en alguno de los grandes “hechos de corrupción” (siempre señalados en la misma dirección) o en alguna cuña que puedan meter para dividir hacia abajo, discusiones y preocupaciones estériles; en la hora de la merienda, la estupidización sin límites de los programas de chimentos, aspiracionales, con la mira puesta en una clase media selfieadicta que mira más a Pampita que a la Pampa. Y todo por el precio de dejar de ser uno mismo y parecerse a un robot, a un troll. Pero ahí no termina todo. Si no se logra el objetivo, la televisión (o el sistema de multimedios a gran escala) te estigmatiza como peligroso si quieres salir de ese marco en el que te encerraron. Te aísla frente a tus compañeros, frente a tus familiares, frente a tus amigos. Te mata dos veces, o mejor dicho, te mata antes de matarte de nuevo, porque el ciclo nunca debe romperse y el show, debe continuar.

 

El último crimen del Joker antes de ser definitivamente Joker (que encima es televisado), daría una sensación de triunfo, sobre todo, si uno ve que las manifestaciones que se están dando en paralelo en Ciudad Gótica se hacen bajo la consigna “muerte a los ricos” y con caretas de payaso. Pero no, al menos en lo que a mi respecta, con el surgimiento del Joker mueren las posibilidades de Arthur Fleck de ser comediante (su sueño más puro, su realización efectiva) y se consolida como el Mal, en mayúsculas. Nace así, entonces, un chivo expiatorio para que el sistema financiero deje correr para después poner orden cuando ya no pueda controlar la situación. Y en el medio de eso, robar a los pueblos del mundo su riqueza, sus recursos naturales, sus derechos sociales y humanos. En definitiva, su soberanía.

 

Este Joker aparece en el momento justo donde los progresismos y la derecha disputan sus garras sobre los movimientos nacionales. Quieren imprimir un nuevo signo de época que termine con “lo viejo”, sin saber que lo viejo son las tradiciones y la cultura, acaso, dos de los factores en los que se desarrollan y manifiestan los pueblos. Pensar un liderazgo como el Joker en la etapa decadente y fundamentalista del capitalismo financiero me lleva a imaginar a alguien que maneje un nivel de impostura enorme, que contenga una violencia anti comunitaria descomunal y un cinismo sin límites, casi como participes de una charla TED. Aquí en la Argentina tenemos un caso paradigmático en ese sentido que es el propio Mauricio Macri, y para no irnos del país, hemos visto como lo adoran tanto sectores del feminismo liberal, intelectuales progresistas y referentes religiosos (ya sean del evangelismo antipopular o del catolicismo aristócrata). Porque en esa idea del Mal también entran todos, y no piden permiso. Lo que si tenemos que entender es que en este momento lo que nos separa es nuestra posición respecto al imperialismo: o queremos ser una estrella más en la bandera yanki o queremos ser Justos, Libres y Soberanos. Es hora de ir aprendiendolo y de divulgarlo.

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