El libro de Javier (V)

Manejar de noche por la ruta es de las cosas que más atemorizaban a Luján, pero mucho más complicado era hacerlo mientras me retorcía del dolor por el balazo en el brazo. Ya no me quedaban ropas para transformarlas en trapos que pudieran contener el flujo de sangre y los dos estábamos al borde de la locura. Ella miraba para adelante, se enfocaba en un punto en el horizonte e iba mentalmente hacia allá. Aceleraba y, cuando sentía que no daba más, disminuía la velocidad. No obstante, en los asientos traseros, yacía acostado a lo largo mientras las luces de los postes me pegaban en la cara. ¿Acaso habrá una luz que aclare todo de una vez y para siempre y no me impacte cual flashes sin sentido que enceguecen lo que veo y lo que no? ¿Es mucho pedir?.

 

No me hice esas preguntas en ese momento pero sirve para repensar en lo que ha sido -y sigue siendo- esta odisea. Una travesía que ha dejado girones de mi vida pero también de mi espíritu. Luján no dijo ni una palabra, continuaba concentrada en avanzar en el camino y llegar al lugar. En un momento del viaje, empiezo a ver por la ventana que toda la zona de tierra comienza a transformarse en un verde negro. “Llegamos, Javier. Llegamos finalmente”, me dijo la conductora, mientras tocaba la bocina anunciando nuestro arribo pero también, despertando a todos los animales del lugar.

 

Perros, gatos, ovejas, vacas, gallinas, loros, diversa cantidad y calidad de pájaros, corrían y volaban por todo el extenso campo en forma de un ritual coreografiado, intenso, sonoro, con esa misma algarabía con que nos reciben nuestras mascotas al regresar a la casa. En eso, las luces de los faroles centrales una vieja casona nos hacen dar cuenta que no estamos solos, que después de todo, hay seres humanos en esta tierra. En esta tierra que afirma lo que somos a través del paisaje, pero también, que siempre nos da una segunda oportunidad.

 

- Pepe, dale una mano a los chicos y entra las cosas del auto -solicitó una voz ronca que hizo callar a todos los animales. ¿Cómo andas Luján, cielo? Tenía muchas ganas de verte, gracias por estar acá, mujer. No sabes lo importante que es.

- Jorgito, te extrañé mucho vida -dijo Luján. Las cosas se están yendo al carajo. Lo traje a Javier pero está herido, le dieron un balazo en el brazo.

- Fueron ellos, ¿no?

- Todo indica que sí -continúo el diálogo la mujer. Nos estuvieron persiguiendo todo el camino. No hay posibilidades de salvarse en la ruta. Quiero decir, no hay chances de sobrevivir en el camino, hay que quedarse en un lugar y preservarse desde allí.

- Entonces estamos en condiciones para entrar en la etapa final del plan, sentenció Jorge, mientras me sacaba el trapo para ver la herida y arrojar en ella un largo chorro de agua oxigenada y una pasta olorosa que logró calmar el ardor del disparo y la agonía de más de cuarenta minutos de viaje. Cerré los ojos en busca de alivio, respiré profundamente y sentía que me quedaba sordo. Pero una bomba de estruendo y una sirena me despertó de ese estado de ensoñación y ví que el cielo se ponía de colores rojos y verdes. Luján se puso de rodillas y se largó a llorar. Los animales corrían para todos lados y chillaban explotando sin control al compás de los fuegos artificiales en el firmamento. “¨Feliz navidad, pibe”, dijo Jorge, mientras me golpeaba la espalda y me convidaba un pucho. Desde adentro una voz de mujer nos llamaba para hacer el brindis y festejar (si es que había algo para celebrar). Entre humos y flashes, la reconocí, parada en el centro de la puerta y agitando su mano izquierda en forma de saludo. Era Rebecca, y no hice más que salir corriendo a su encuentro, totalmente desarmado, totalmente rejuvenecido.

 

Please reload