El libro de Javier (IV)

 

Nos levantamos con el sol pegándonos en la cara y el auto convertido en un horno. Luján se miró en el espejito de adelante, se acomodó el pelo -como podía- y se puso los zapatos. Yo estaba con todo el cuerpo contracturado, pero la mayor parte de la contusión se concentraba en el cuello, ahí donde van a parar todas nuestras preocupaciones. La espalda también la sentía compactada. No daba más, quería llegar al lugar de una buena vez.

 

El calor de diciembre nos estaba volviendo más irascibles que de costumbre. Los mosquitos nos torturaban por la mañana y los grillos hacían lo propio cuando caía la noche. Ella no contaba nada de “la misión” pero podía adivinar en sus gestos que estaba preocupada y por ende, me empujaba a esa preocupación. Quisimos arrancar el auto pero no hubo caso. Lo único que me distraía de todo este paisaje desolador eran las piernas de Luján. Una mujer preparada físicamente para resistir todo esto.

-:¿Qué mirás, Javier?, me dijo una vez que perdí la vista en el horizonte buscando una explicación vaya a saber en que lugar. -Acá en la ruta vamos a estar mucho tiempo, pero no creas que vamos a tener sexo. En un par de días vas a preferir estar durmiendo en una cama calentita o darte un baño diario antes de querer acostarte conmigo. Aparte, yo tengo mi historia con mi marido. No tengo deseos de compartir sexualmente con vos. Pero lo que sí vamos a tener es una relación más allá de lo carnal. Una conexión distinta, ponele.

 

Lo que Luján no quería comprender es que soy hombre y, a pesar de todo este recorrido en el que nos toca estar sudorosos y malolientes, nada detiene la pulsión sexual.

-Sos como un hijo para mí, pibito -dijo cruelmente-. Pero para sacarte las ganas de zamarrearte un poco, te voy a enseñar como se puede sentir adrenalina de otro modo. Digamos que después de todo el placer es saber donde poner la energía y administrarla hasta el espasmo final. No te olvides de estar atento.

 

En ese instante, fue al baúl del auto y sacó una bolsa transparente que tenía un pedazo de goma espuma redondo que se colocó alrededor de la cintura.

-¿Cómo me queda la panza?, siempre me pregunté como sería embarazada– se decía mientras se miraba en la ventana del auto.

 

Luego de arreglarse la panza postiza, me explicó un plan que había inventado en el camino: íbamos a entrar a robar el negocio más cercano para llevarnos algo de plata, pero lo más importante era asegurarnos que hubiera algún auto cerca para poder escapar. Y así fue. En menos de un minuto entramos a un almacencito cerca de la ruta y sin mucho espamento tomamos como rehén al pibe que atendía y nos llevamos todo el dinero de la caja registradora y un Fiat Palio de uno de los viejos del lugar que estaba tomando un café con leche. Luján le apuntó con el arma mientras el tipo se estaba mandando una medialuna, del apuro se atragantó y se le complicó para darnos la llave del auto. En eso tuve que entrar en acción y arrancarle al viejo las llaves de las manos para poder arrancar. Todos estaban con miedo y no podían dejar de verle la panza a Luján. Era, ante los ojos de los parroquianos del lugar, la embarazada más temeraria de todas.

 

Logramos escapar rápidamente con el auto y nos adentramos en bosque profundo. Llegamos finalmente a un río a pocos kilómetros pero con la fortuna de saber que tendríamos unos minutos para relajarnos. Convencido de ello, me bajé del auto y comencé a desvestirme para tirarme a nadar un rato. Luján se prendió un pucho y me miraba desde una montañita de tierra y ya sin la falsa panza me dijo que tenía solo diez minutos para distender. La invité al agua pero no quiso saber nada, y me hizo saber que prefería estar seca ya que alguien debe pensar en completar el recorrido. No le di mucha importancia, lo único que quería era zambullirme y perderme un rato allí. Por fin tendría un tiempo a solas (o a semi-solas) para no pensar en problemas.

 

Cierro los ojos y logro conectarme con la naturaleza, con aquello que me rodea. Pienso en Rebecca nuevamente. Me prometo que cuando salga de esta en la que estoy, la voy a ir a buscar y a escribir el libro que tengo que terminar. Que le voy a pedir perdón por tantos errores y olvidos, y que ya no quiero ser más ese tipo mezquino, egoísta, peleador y soberbio en el que me he convertido. Uso el agua para limpiarme un poco por dentro también. Siento que los rayos del sol pegan sobre el agua y solo tengo mis pensamientos para Rebe.

 

Pero el ruido de un disparo rompe la ensoñación y solo atino a subir a la superficie. Veo a Luján con la pistola apuntando hacía mí. En realidad, hacía mis espaldas. Alcanza a decirme que me agache, pero es tarde. Un pinchazo frío me pega en el brazo derecho y me tira de nuevo hacia adelante, sumergiéndome en el acto. Escucho los gritos de Luján y uno o dos tiros más. Una bala me hirió en el brazo hábil, en el de la escritura. En ese momento no pienso en eso. Ni tampoco puedo pensar ya en Rebecca. La sangre tiñe el río de rojo. Ya nada será como antes.

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