El libro de Javier (III)

Con Rebeca nos conocimos mientras cursábamos el secundario. Ella iba a una escuela de señoritas y yo hice el mismo camino pero en una mixta, aunque la presencia de lo religioso siempre estuvo presente y nunca nos molestó, por otro lado. Nuestros colegios coincidían habitualmente en el Encuentro Trimestral de Instituciones Católicas en el que miles de chicos nos dábamos cita para celebrar la Fe por medio de las olimpíadas de matemáticas, de filosofía, de fútbol, de vóley y de handball. Pero sin lugar a dudas, era el concurso de literatura el que siempre esperaba con ansias para participar.

 

Consistía en lo siguiente: previo a la realización del certamen, debía preparar un texto en el que planificara el cuento con el que iba a concursar. Recuerdo la cantidad de horas que pasaba en mi pieza encerrado mientras escribía y tachaba las hojas en búsqueda de una idea que disparara un relato. Así pasaba mis tardes previas al encuentro, tratando de darle un orden lógico a la planificación para poder desplegar toda la trama el día del concurso, en el que tenía solo cuarenta minutos para escribirlo. Rebeca, por su parte, participaba en filosofía y en vóley. Amaba tanto el mundo de las ideas y el pensamiento como el del deporte. Era excelente en ambas. Cada vez que tenía partido, iba a verla, y solo tenía ojos para ella.

 

Pero una tarde todo cambió. Fue en el último año de secundaria. Mientras hacía la fila para anotarme en el certamen literario, veo que Rebecca estaba unos pasos más atrás esperando lo mismo que yo. Pero ni me registró. Nos cruzamos más tarde camino a la hora de proyección que consistía en pasar una película en el auditorio del club donde nos concentrábamos a modo de distender y que sea un punto de encuentro. Recuerdo que hablamos antes de entrar y ella me dijo que tenía miedo porque siempre le había esquivado al film que iban a proyectar y pese a la intriga que tenía, no quería verla sola. Ahí entendí (gracias a Dios) que tenía una oportunidad de ver “El Exorcista” de William Friedkin junto a la chica que me gustaba. No sé si era un buen plan para una primera cita no oficial pero no importó mucho, ya que era lo que había, y no era poco. Ambos entramos esa tarde y vimos toda la película. En los momentos de más miedo, veía como bajaba la cabeza o cerraba los ojos. Yo alcanzaba a ver en su buzo el lema que su colegio usaba: “Mens Sana In Corpore Sano”. Rebeca había revolucionado mi mundo una vez más.

 

Así corrieron los años, entre literatura y deportes, y nos pusimos de novios. Ella continúo practicando vóley y se anotó en la facultad de filosofía. Por mi parte, hice lo mismo en la carrera de letras (que se cursaba en la misma institución) aunque no tenía un hobby en particular. Pero uníamos nuestras pasiones en el Séptimo Arte. El cine era para nosotros una manera de vivir la vida y entender como debía ser vivida. Pero la magia duró poco; llegó el 2000 al país y nos encontró fragmentados, rotos, sin ética. Quisimos ser lo que nunca fuimos y así nos fue. Nos engañó la serpiente del dólar. Con Rebe nos pusimos de acuerdo y decidimos partir en busca de mejores oportunidades al faro del progreso ilimitado: Nueva York.

 

Pero no había oro en Estados Unidos, ni un hogar desde donde resurgir. Escapando de nuestro propio derrumbe nos topamos con la miseria de un imperio artificial que prefería inventar enemigos exteriores para calmar el apetito criminal de los grandes negocios petroleros, y veíamos como nuestra tierra próspera era subyugada por el tentáculo del pulpo capitalista financiero. El 11 de septiembre del 2001 nos encontró desprevenidos nuevamente. Un mundo que estaba en eclosión desde el 89 volvía a empezar de cero diez años después. El nuevo milenio nos volvió a arrojar a una nueva diáspora pero del otro lado del mundo: España.

 

En el país mediterráneo reconstruimos nuestras vidas. Ya no éramos esas personas divididas que el capitalismo financiero promueve llenándonos de angustia y de preocupaciones superfluas. Ambos retomamos nuestros estudios y nos especializamos en áreas de interés. Pero Rebeca, que siempre me daba sorpresas, empezó a cursar en la escuela de cine. Había tomado esa decisión luego de ver la proyección de “Obsession” de Brian De Palma. A partir de esa película, fue un volver a comenzar en términos artísticos para los dos. Años después, nos separamos en buenos términos y decidí volver al país cuando todo se armonizó un poco. Ella se quedó en España y realizó varios viajes por toda Europa para profundizar en sus estudios sobre el cine. El estreno de su primer película fue un éxito y se llamó “La cama de plumas en el margen del mundo”.

 

Cuando la vi, encontré varias referencias a lo que habíamos vivido, no solo en el fuero personal sino también, lo que había atravesado nuestro país y el mundo en el laberinto neoliberal que estábamos metido. Automáticamente, esa prueba de fe de Rebeca hizo que volviera a escribir como medio para ver otro mundo posible y más cercano a lo que alguna vez fuimos. Extraño a Rebeca y ahora no puedo parar de mirar la foto. Vuelvo a encender un cigarro a ver si en el humo veo su cara proyectada, como aquella vez, hace mucho tiempo, en el que una película nos volvió a dar la vida. Como aquella vez en el que el cine nos selló un destino común para siempre.

 

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