El libro de Javier (II)

 

 

Luján es una mujer de mando firme, capaz de corregir cincuenta páginas en una hora como de colocar un chumbo en la parte inferior del asiento trasero de un auto. A esta altura, no me quedaban dudas de su liderazgo y, sorprendentemente, se me presentó ante mí una mujer que podía conjugar el afectuoso cuidado del otro con la necesaria cuota de decisionismo, ambas quizás matizadas por la profesión de editora y supervisora de miles de textos a lo largo de su vida. Si me apuran, siento que muchas veces las personas tenemos una doble condición, es como si conviviera en nuestro cuerpo un ser desdoblado.

 

Así me sentía antes de subirme a la nave y de haber rozado con mis dedos el arma. Así me siento cada vez que intento escribir y bajar el mundo de las ideas al papel. Ese es el anhelo de todo escritor, ser un constructor de universos, de presentar ante los demás una trama que se desarrolle a medida que los personajes van superando obstáculos, se ven inmersos en conspiraciones y problemas a los que tienen que dar respuesta para poder cerrar el círculo de la historia. Una concepción de la vida como tragedia es quizás, la más efectiva para poder compartir conocimiento. Lo aprendimos de Aristóteles y su “Poética”, quizás la piedra fundacional de la narrativa clásica in illo tempore.

-Escuchá, ¿sabés como usar un arma?, me preguntó Luján.

-No tengo idea -contesté-. Nunca tuve una, y de chico me daban mucho miedo.

-¿Y querés ser escritor y no sabés manipularla? No es solo apuntar y disparar, hay que saber muchas cosas antes de llegar a ese punto. Saber cuando hay que usarla para defenderse o para iniciar un conflicto, pero recordá: solo atacar cuando se sabe que se puede ganar, porque sino, habremos puesto en peligro todo lo armado anteriormente. Es difícil aprender a defenderse y, por ende, proteger a los demás. Pero después de estas vacaciones, vas a comprender de lo que hablo y porque te lo digo.

 

Frenamos de golpe y, al levantar la mirada, vi el cartel en la puerta: “Don Juan Manuel”. Habíamos llegado al bar de siempre. Entramos y actuamos como lo hacíamos cotidianamente: mantuvimos la costumbre de saludar a todos y avanzar hacia la mesa del costado izquierdo con la ventana mirando hacia la calle y que permitía, al menos a uno de los dos, mirar hacia la puerta. Ella se levantó para ir al baño y me dijo, susurrando, que pidiera dos cafés con leche con dos medialunas para cada uno. Le insistí que no tenía hambre y que prefería no comer nada (tenía el estómago revuelto por toda la situación), pero automáticamente se volvió unos pasos para decirme bien cerca al oído: ¿no entendés el valor de la armonía no? ¿no tuviste matemáticas en la escuela? Haceme el favor y pedí lo que te dije.

 

De más está decir que despúes de esta advertencia (y en la forma que lo hizo, clavándome los ojos en los míos) estaba listo para hacer desayuno, almuerzo, merienda y cena. Todo en uno. Cuando terminamos de beber el café con leche, me levanté para ir al baño y Luján me advirtió que desde una mesa cercana dos hombres con lentes oscuros no nos quitaban los ojos de encima. “Menos mal que no tenemos el arma con nosotros. Seguro estos están cargados. Anda tranquilo que te espero en el auto. Pago yo.”, dijo mientras me dirigía al fondo a la derecha para lavarme las manos y la cara. La situación se volvía asfixiante y estresante por igual, tenía ganas de ponerme a llorar como un nene sentado en el inodoro pero a su vez también tenía ganas de vomitar. Mucho. De lanzar todo lo que me estaba guardando en el estómago, e imaginaba como un fuego interno subía por el esófago hasta dejarme el aliento ácido. Quería reponerme al abrir los ojos pero me rascaba el pelo y algo seguía ahí, molestando, jodiéndome.

 

Al levantar la cabeza y mirar al espejo, vi que atrás mío estaban los dos hombres de lentes oscuros que estaban, hace unos minutos, observándonos desde una mesa perdida en el bar. “Estamos siguiendo tus pasos, campeón. No creas que no sabemos quién sos ni de qué se trata todo esto de Climax. No va a ser esta la última vez que nos crucemos. Sigan su camino, que todas las pistas apuntan al mismo destino.” Finalmente, me dieron un sobre blanco, como el que se usa para mandar cartas. Al abrirlo no había ningún recado, pero sí algo que me estremeció: una foto de Rebeca, la mujer que me dio una nueva vida hace tiempo. Y cuando vi que una bala cayó del sobre al darlo vuelta comprendí que la cosa estaba podrida. Todo el cuadro era desesperante. Lo único que quería, en ese momento y para siempre, era tener el arma cargada y que Rebeca estuviera a mí lado. ¿Por qué uno se aleja siempre de las personas creyendo que solo así las protege? Ahora iba a aprender una nueva manera de cuidar. Ahora iba a tener que disparar, sí o sí.

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