Hoy pelea Gambino

April 17, 2019

 

 

 

El hombre tiene la expresión dura y la vista no cambia de lugar. Apunta a un único objetivo -en este caso-, este cronista. A veces, mientras explica y narra su historia que también es la de una patria que tiene forma de ring de boxeo, hace un leve movimiento de cabeza hacía abajo y esconde el mentón como le enseñaron en su juventud para poder tirar golpes más certeros y precisos, jugando con el balanceo de su cuerpo y el equilibrio de las piernas. Si vas a pegar con la mano derecha, tenés que mover el pie izquierdo para perfilarte y poder conectar mejor el golpe. “En el boxeo uno se vuelve una sombra porque hay que ser lo menos predecible para el rival. Es la única manera de poder nockearlo”, dice Gambino, mientras recuerda aquellos años dorados.

 

Luis Pedro Gambino nació en la zona sur de la ciudad, más precisamente en el barrio Villa Manuelita. Desde chico ayudaba a su padre y a su tío en el ferrocarril, llevando tachos de basura o pintura cuando alguna línea en la parada de trenes perdía su color. “Tené en cuenta que ya desde antes de la época del centenario (1910) no había nada que protegiera a los menores. Grandes y chicos estábamos en el mismo barco de la esclavitud laboral. Van a pasar muchísimos años hasta que el General Perón reconozca nuestros derechos. Apenas lo escuché hablar y vi sus obras, me hice peronista, como toda mi familia. Por otro lado, como no serlo. Para ese entonces, cuando se hace el 17 de octubre del 45 yo tengo siete años. Durante su gobierno mis amigos y yo fuimos los niños peronistas que, como dijo Evita, somos los únicos privilegiados. Y sí, lo fuimos.”

 

Los años pasaban para Gambino y para el país. Ambos estaban en un ring de boxeo cuando se produce el bombardeo a la Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955. Recuerda que ese fue un día muy triste en el que vio llorar a su madre después de mucho tiempo. La realidad efectiva del peronismo y sus conquistas obreras se ponía a prueba contra la oligarquía que no dudaba en asesinar y masacrar argentinos desde el cielo. Un cielo que se nubló de aviones que arrojaban bombas que tenían la inscripción “+V”, en referencia al Cristo Vence, en clara conspiración con sectores antidemocráticos de la iglesia católica y de los partidos políticos antipopulares como la Unión Cívica Radical. En este caso, el “Guernica argentino” no pudo encontrar todavía un poco de justicia, así nomás fuese poética, ya que ningún fiscal se dedicó a actuar de hecho para poder enjuiciar a los criminales que asesinaron cientos de argentinos que pasaban por la plaza esa mañana y dejaron más de 400 heridos, muchos de ellos, con partes de su cuerpo amputadas.

 

Ese hecho hizo de Gambino un hombre fuerte y lo llevó a asumir su adultez. Los años felices del peronismo se terminaron y pudo adivinar en el llanto de su madre y la posterior muerte de su padre, que se venían años oscuros. Y así fue. El golpe contra Perón en septiembre de ese año y los 18 años de exilio del líder popular, la proscripción del Partido Justicialista, los fusilamientos a militantes, las resistencias peronistas que se desplegaban por todo el país, las dictaduras que volvían una y otra vez, los argentinazos con epicentros de lucha obrera en Córdoba, Rosario, Santa Fe y Tucumán. Chispazos de historias de combate callejeros y cuerpo a cuerpo con la policía que se extrañan, y más, en estos tiempos que vivimos.

 

Su entrenador le puso “Hércules” como nombre pugilístico. Hércules Gambino brilló en el ring del Club Ciclón y del Club Bocha América (ubicados en el barrio Tablada). Desde distintos puntos de la ciudad llegaban para verlo y en la radio lo anunciaban de una manera sintética: “hoy pelea Gambino”. A su vez, disfrutaba de ver pelear a Amelio Piceda, otro titán del boxeo, que tuvo el honor de ser uno de los contendientes en la noche del sábado 25 de enero de 1944, en la cuál participó del festival para ayudar en la reconstrucción de la provincia de San Juan, donde en semanas anteriores se había producido un sismo de treinta segundos que destruyó todo. Nuevamente, el boxeo y la Patria hermanados en el mismo destino de levantarse una y otra vez. “La lona no es para quedarse. Hay que pararse rápido y seguir. Respiras y te parás. Y le salís a romper la cara al que tenés enfrente. Le das en las costillas para que no pueda respirar, para que se canse, para que le empiecen a pesar los brazos y pierda rigidez. Cuando aflojan los músculos, ahí tenés que pegar hasta que caiga”, dice Gambino, en esta clase política-pugilística que nos está dando en su propia casa y sigue: “Amelio fue un enorme luchador, y como todo boxeador, era peronista. Acá, en este país, todos los pobres somos boxeadores y peronistas, y yo sigo luchando. No se van a librar tan fácilmente de mí. Yo conozco lo que son capaces de hacer estos gobiernos que les importa un carajo el hambre del pueblo. Yo los viví a todos. Dicen que son el cambio pero hacen lo mismo que las dictaduras: te cagan de hambre, a palos y te dicen que sos el culpable, que no tenés derecho a protestar. Son enfermos.”

 

Gambino ahora tiene otra lucha. Junto a los jubilados de su barrio, cada miércoles se juntan en la asamblea y se ponen al tanto de los ajustes, de la quita de medicamentos, de las obras sociales que ya no los atienden. Sus hijos lo acompañan. El abuelo aún sigue luchando, peleando en el ring de la política y no esquiva el bulto. Dice que quiere que los años felices vuelvan para sus nietos. Quiere que cada niño del país vuelva a sentir el cariño que enseñó Evita y desea en su corazón, que un nuevo gobierno peronista llegue para poner fin a tanta tristeza. “Tiene que ser ella, es la única que nos puede sacar de esto”, dice Gambino, y no pronuncia su nombre, como cuidándola, esperando que la decisión salga de la propia boca de la no nombrada pero nunca olvidada por él. Porque sabe que en el boxeo, como en la vida, el secreto consiste en protegerse siempre. Y el viejo Gambino ya no se calza los guantes pero sale cada vez que puede a reclamar, a luchar por los derechos arrebatados y para decirle basta al gobierno de los cínicos. Cuando habla en la comisión de jubilados de la vecinal, todos lo escuchan atentamente y dice que no hay que bajar los brazos, que todavía la campana no sonó. Porque hoy pelea Gambino, carajo, y el barrio se pone de pie.

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