Las Torres

August 31, 2018

 

 

Desde los vidrios de la alta torre de marfil podía verse como iban de aquí para allá, presurosos, casi sin tiempo para detenerse a respirar el aroma de las flores, los implacables autos de la ciudad más moderna del mundo. Poner el centro de la atención en los vehículos que utilizaban las personas por sobre las personas mismas es algo que el sistema capitalista nos ha enseñado: no somos lo que somos, sino que somos lo que tenemos. Nos han convertido en un número y hemos estado felices y cómodos con ese estatus. Es por eso que ahora la naturaleza se venga de este modo, devolviéndonos a lo primitivo, a la senda que nunca debimos dejar.

 

Escribo con el rencor de los vivos, de los que aún nos mantenemos vivos porque hemos sabido sobrevivir, pero preferiríamos estar muertos para no tener que padecer tanta desesperanza, frustración y fracaso. Quienes no levantaron un dedo (o peor aún, quienes le dieron el visto bueno a los malditos que hicieron este desastre) ya se encuentran muertos, algunos asesinados brutalmente y otros se han muerto en silencio, sin decir una palabra, sin arrepentirse.

 

Y aquí estoy yo, solo en este mundo que no da respiro, y no solamente porque el aire es escaso y la contaminación ha derrumbado toda expectativa de vida. Nosotros nos reíamos de la contaminación, del glifosato, de la soja, de la extranjerización de la tierra. Le dijimos “hijos de puta roñosos” a los Mapuches, excluimos a nuestros hermanos y los mandamos a vivir a un basurero diciéndoles “villeros negros de mierda”. Fuimos crueles, fuimos asesinos, fuimos culpables. Elegimos al sepulturero que nos enterró, que nos mandó a este pozo profundo que alguna vez fue un país, un continente, un planeta.

 

Hoy este planeta explotado y destruido me avisa que la cosa puede ponerse peor. Ya nada tiene solución, todo es espeso. Alcanzo a gritar estas líneas con toda la bronca del mundo, que ahora me pertenece a mí, porque ya no hay nadie al lado mío. Y siento que voy a morir solo. Siento que nadie va a escuchar mis gritos, nadie va a verme llorar, nadie va a preguntarme como estoy porque ya nada queda. Dejamos que nuestros propios vicios se adueñaran de nosotros mismos. Dejamos que todo el fascismo que traíamos y engendrábamos como un alien dentro de nuestro cuerpo sacara lo peor de nosotros. Y cuando nos tocó elegir, cuando nuestro señor nos dio a elegir, cuando nos puso entre la elección del ángel redentor o el demonio, elegimos al segundo. Elegimos el demonio y lo ayudamos a construir este infierno que es el planeta tierra. No nos importaba el futuro, porque creímos que nunca llegaría.

 

Así fue como vivimos, demasiado inconformistas si de dinero se trataba, pero no supimos valorar lo que teníamos a nuestro costado. El verdugo nos decapitó, nos partió al medio, nos liquidó sin problemas. Nos despedazó poco a poco, lentamente, como un asesino entrenado en el arte de despellejar. Primero nos sacó el corazón, para que no tengamos empatía por nada. Después nos vació el cerebro y lo llenó de mierda. Mierda que sale por nuestra mente para que luego por nuestra boca digamos justamente eso: la peor mierda que se nos pueda cruzar.

 

Estoy aquí ahora, lamentando todo, rasgando mi cabello, arrancándome la barba del dolor. Hace más de dos años que camino en medio de la nada. Y aun así la cuenta de los días que llevo puede ser inexacta. No hay humanidad posible. Solo veo huesos y pedazos de carne por donde voy. No hay nadie. No hay rastros de animales, no hay vegetación. Toda la vida que habitaba el planeta está muerta. Y ya no puedo sentir nada. Cada día que pasa voy naturalizando más y más esta desesperanza. Sé que el final está muy cerca y que no me va encontrar preparado.

 

No recuerdo muy bien que hacía antes de ser un caminante errante por este desierto que alguna vez fue una ciudad, con sus luces de neones imponentes y su ritmo desenfrenado. Esos autos que iban de aquí para allá, ese desarrollo industrial, todo ese desarrollo, no sirvió para un carajo. En cuanto se usaron las armas de destrucción masiva, todo se volvió negro, y dio paso a esta larga noche que ahora estamos pagando, que estoy pagando, mejor dicho, porque como dije antes, no hay registros de vida a mi alrededor.

 

Las potencias occidentales, como se las conocía, cometieron este gigantesco genocidio. Nos lo habían advertido, pero no quisimos interpretarlos. Los grandes medios de comunicación convertidos en sofisticados multimedios privados donde reinaba el interés monetario, se encargaron de ponernos la venda. Pero eso solo lo lograron si nosotros lo dejamos. Y vaya que los dejamos. Ahora solo queda este lamento que no conduce a nada.

 

Desde esa torre se tenía control de toda la ciudad. Cámaras de seguridad de otra empresa privada monitoreaba día y noche lo que pasaba en la metrópoli. Un negocio redondo por donde se lo mire: con el miedo de los ciudadanos se lucraba ofreciéndoles “seguridad y protección” a merced de la paranoia colectiva. Cientos de miles de horas habían quedado registradas en las memorias de esos equipos de última tecnología encargados de revisar una y otra vez, una y otra vez, hasta el hartazgo, y detectar posturas sospechosas e intentar prevenir algún robo, aunque siempre el peligroso respondía a las mismas características: gorrita, campera deportiva, negro, en moto. Así nos enterábamos, a través de la televisión, cuál era el verdadero enemigo de nosotros, los que hacíamos un culto de la propiedad privada sin cuestionarnos el origen de esta. Creamos un Estado Policial que nos reventó a palazos, y se celebraba por cadena nacional, tanto desde el Líder del Régimen Neoliberal como por sus lacayos. Y así, luego de la destrucción mundial, del apocalipsis nuclear, ya nada queda, ni para estos gendarmes de la ley y el orden. Cuando todo se va al carajo también la pagan los hijos de puta, y esa es la única victoria que tenemos.

 

A veces pienso que si aún estoy vivo es porque soy un cínico hijo de puta. No muy distinto a los hijos de puta profesionales, pero si con más ganas de vivir que esos especuladores que nos llevaron a este desastre. Y ellos están muertos (por fortuna), y yo vivo, en medio de la nada, caminando hasta encontrar algo que me devuelva la fe en volver a empezar, pero nada aparece en el camino, solo hay polvo que se mete en las zapatillas, en los pulmones, en la vista. Hay muy poca agua en el mundo que habito, pero por alguna razón que desconozco aún estoy con vida. A veces siento que alguien guía mi suerte para que no muera y siga contemplando este desastre, como un eterno vía crucis en donde la pesada cruz que cargo es la culpa de ver morir a mi familia, a mis amigos, a la gente de mi barrio. Sobre todo, ver morir a los niños, que ellos si eran el futuro.

 

Sé que esta torre en la que estoy, y que se cae a pedazos, ha servido para contemplar un progreso falso y volátil. Aquí estoy, sentado observando donde terminaré, por donde me escaparé, viendo como sobrevivo un día más en esta pesadilla pos-nuclear. Intento llenarme de esperanza con lo que puedo, con lo que tengo a mi alcance, que no es mucho, pero a veces puedo ver luces a mis costados que parecen custodiar mi larga travesía. Ya no sé si es producto de mi imaginación o es lo que sucede realmente, pero a esta altura poco importa. Las luces continúan ahí con el caer de la pesada noche que cubre este desierto.

 

En mi mochila llevo varias cosas que no quiero perder y necesito que me acompañen hasta mi último día de vida: dos cuadernos escritos (uno completo y otro que voy escribiendo como una crónica de lo que me va sucediendo); un frasco de perfume que pertenecía a mi mujer, a quien extraño demasiado; el peine que usaba mi hija, con el cual le hice los primeros peinados cuando nos pasábamos tardes enteras jugando; una radio sin pilas que era de mi padre; pero lo que más valoro, y lo que me da fuerzas para seguir pateando por estas calles de tierra con este paisaje devastado de fondo, es un manojo de llaves de mi casa, de la casa que compartí con todos mis seres querido. Tener esas llaves en mi poder es una victoria, ya que estoy seguro que no encontraré la vieja casa que cobijó a tres generaciones de mi familia, pero si me conecta con lo que fui alguna vez. Escuchar el ruido de estas chocándose una con otras es la música más bonita que puedo oír en estos momentos. Tener las llaves que abran las puertas del eterno retorno, pero jurando que esta vez, será el definitivo.

 

 

*Nicolás Ferrera es Periodista y apasionado por la ciencia ficción.

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