El hilo se quemó en las puntas

August 2, 2018

 

 

“Los gusanos siguen siendo fieles a toda la carne que se muere.

Vos te reís desde tu pantalla personal.

Un puritano, virtuoso y carnal.

 

Amok, amok, vas a gritar.

A vos, vengarte te hace bien.

 

Amok, amok, matar, matar.

Tu perdón llega al sintonizar.”

 

 

Bajo del colectivo y en el celular la canción del Indio todavía sigue sonando, aunque solo sea la música del final. Las últimas melodías soplan y se alejan, hasta el próximo encuentro, en la antesala del regreso a casa despúes de una ardua jornada de trabajo. Y pienso que todo regreso tiene su gustito propio, sin repeticiones. Nadie vuelve igual que la última vez que se fue. Al menos, uno no es conciente de eso en un principio: la bienvenida es, entonces, un ritual similar en cada caso, pero no el mismo de hace un tiempo.

 

Las caras en el colectivo son elocuentes: mezcla de frío y desorientados, nos amuchamos en una síntesis entre pudor, asco y miedo, para rápidamente refugiarnos en la pantalla del celular así no hay ni el más mínimo motivo para cruzar una mirada con ese otro que es el espejo más cercano que tenemos y enterarnos, tan bruscamente, cuanto nos han quitado. Es que los vampiros de este siglo ya no se contentan con la sangre de la juventud que los vuelve eternos. Quizás ahí radique el mayor inconveniente para nosotros, los amuchados y marginados del banquete: la sangre joven nunca les será suficiente. Siempre quieren más.

 

La conquista del pan, como decía el viejo anarquista barbudo de la foto en blanco y negro, se torna más difusa. Juraría por los multimedios privados de (in)comunicación, que ya no existen ni malos ni buenos. El Consenso de los Palos Verdes les llega por igual a los búfones del régimen como a la muchedumbre excluida; la diferencia es que a los primeros se los depositan en sus abultadas cuentas bancarias y a los otros (que se cuentan por millones de hombres y mujeres), les toca el garrote, la malaria y la supervivencia. Que en realidad son eufemismos para llamar a la represión, el hambre y la desocupación.

 

Este nuevo consenso no se priva de ciertas nostalgias. La Secta del Gatillo y la Picana es su gran fuente de inspiración y algún día (se dice para sus adentros) seremos como ellos. Añoran esas épocas y cada vez que se sacan las botas, los pies les huelen a Rojas, Aramburu, Ongania, Videla, Massera, Agosti y Galtieri. Y se repiten como un mantra, para sus adentros, como el estribillo de la canción que escuchaba mientras bajaba del colectivo: “Amok, Amok, a vos vengarte te hace bien.”

 

El desprecio por el pueblo argentino es evidente. Cada vez que el ejército de vámpiros dice algo, con el Drácula de la Isla Mauricio al frente, viene acompañado de un nuevo verdugueo a la mayoría popular democrática. Sin embargo, ese Consenso de los Palos Verdes no logró apagar el fuego, sino que por el contrario, lo avivó mucho más. La bestia ya no tiene cueva en la cual refugiarse y lanza los alaridos más fuertes para ver si logra aturdir y asustar a las víctimas, las cuales se preguntan, inquietas e incomodas, “¿y ahora que carajo hacemos?”. En ese momento estamos.

 

Quizás, tengamos que mirar hacia abajo y encontrarnos con el hilo que dejamos en el suelo para encontrar el camino a casa y poder salir del laberinto. Pero hay algo distinto: a diferencia de otras veces, el hilo se encuentra quemado en ambas puntas, para dificultarnos el eterno retorno. Las puntas están carbonizadas, marcadas a fuego, indicando que solo seremos posibles de hacer lo que seamos capaces de construir. Pero es en una u otra dirección del hilo quemado, pues se sabe que en el medio, no hay nada.

 

 

 

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